La ley
contra la desigualdad entrará en vigor el próximo curso. Hungría es el único
país de la UE que escolariza ahora a esa edad
París 15 FEB 2019 - 08:33 CET
Todo se juega entre los
cero y los seis años. Muchas de las desigualdades sociales y económicas, muchos
problemas de integración y de discriminación, se gestan en esta edad. Quien no
ha consolidado las bases del lenguaje, quien no ha empezado a socializarse
entonces, puede acabar pagándolo más tarde.
A partir de esta base, el
presidente francés, Emmanuel Macron, y su ministro estrella, el titular de
Educación, Jean-Michel Blanquer, han multiplicado las medidas
para reforzar la enseñanza primaria y prescolar. La última es
la ley que rebaja de los seis a los tres años el inicio de la instrucción
obligatoria. La instrucción obligatoria termina a los 16 años. Se usa
oficialmente el término instrucción porque los alumnos pueden ser educados
fuera de las instituciones escolares, en casa por ejemplo.
El
miércoles por la noche, una Asamblea Nacional semivacía aprobó la ‘ley para la
escuela de la confianza’ con 95 votos a favor y 11 en contra. Votaron a favor
diputados de la mayoría presidencial y varios partidos de izquierda, y en
contra el partido de la derecha tradicional, Los Republicanos. La ley,
rutinariamente adoptada como casi todas las que propone Macron, entrará en
vigor el próximo comienzo de curso, en septiembre de 2019.
“Hay que dejar a las familias la posibilidad
de decidir”, dijo en el hemiciclo el diputado de Los Republicanos Patrick
Hetzel. “Usted”, añadió dirigiéndose a Blanquer, “nos indica que seríamos el
primer país del mundo en poner en marcha la escolarización obligatoria a los
tres años y que otros países seguirán nuestro ejemplo. Pero el cuadro
comparativo sobre la escolaridad obligatoria muestra que Estonia o Finlandia,
tercera y quinta en la clasificación PISA, fijaron la edad de la escolaridad en
los siete años, lo que muestra que una escolaridad precoz no es necesariamente
la garantía de un éxito escolar”.
La ampliación de la edad de
instrucción obligatoria es, ante todo, simbólica. Un 98,9% de
menores de entre tres y cinco años ya están escolarizados en las llamadas
escuelas maternales. Al rebajar la entrada en la instrucción obligatoria a los
tres años, 26.000 niños y niñas que ahora no asisten a la escuela o siguen una
instrucción en casa deberán hacerlo, bajo amenaza de sanción.
El porcentaje de ausentes
es anecdótico: la educación prescolar ya es casi universal. Pero en un país
como Francia, donde la escuela republicana se considera como un nivelador
social y una fábrica de ciudadanos, el símbolo es potente. La última vez que la
edad de instrucción obligatoria varió fue en 1959, cuando bajo la presidencia
del general De Gaulle aumentó el fin de la escolaridad de los 14 a los 16 años.
En 1936, con el Gobierno del Frente Popular, esta edad había pasado de los 13 a
los 14. En 1882 Jules Ferry, fundador de la escuela republicana, había creado
la educación obligatoria de los seis a los 13 años. Desde entonces, la edad de
entrada no había cambiado. Ahora el manto republicano se extiende.
La ley es algo más que un
símbolo. No lo será para los 26.000 niños y sus familias que hasta ahora no
entraban en el sistema y ahora estará dentro. Aunque la cifra es pequeña, el
impacto es desigual en función del territorio y la clase social. En los
departamentos ultramarinos de Guyana y Mayotte la tasa de escolarización entre
los tres y los cinco años es de 82% y 84,9%, inferior a la media metropolitana,
según el ‘estudio de impacto’ del Gobierno francés sobre la ley.
El documento constata la
“fuerte correlación entre la frecuentación de un establecimiento pre-elemental
y el rendimiento de los alumnos”. “El aprendizaje de un vocabulario preciso y
de estructuras de lengua es una palanca importante para reducir la primera
desigualdad, la que plantea la lengua. En efecto, a los cuatro años, un niño
procedente de un medio social desfavorecido ha escuchado 30 millones de
palabras menos que un niño precedente de un medio social favorecido”, se lee en
el texto.
La escuela maternal es el
primer espacio de socialización y, por tanto, de ciudadanía que “permite al
niño construir su relación con el mudo y su lugar en una sociedad democrática”.
La idea de rebajar a los tres años la entrada en el sistema escolar puede
ayudar a la integración de las personas de origen extranjero. De los niños y de
sus padres.
Que esta etapa es decisiva,
Blanquer, un tecnócrata con experiencia en el sector educativo, lo predica
desde antes de ser ministro. “Las fuertes disparidades de desarrollo, que
aparecen y crecen durante la primera infancia, persisten a lo largo del
recorrido escolar y pueden hipotecar el resto de la vida”, escribía el futuro
ministro en ‘L’école de demain’ (La escuela de mañana), un ensayo de 2016.
En el plan reformista de
Macron, la educación es capital. Macron cree que las
desigualdades de ingresos no son tan graves en Francia, país con un sistema
fiscal muy redistributivo, como lo son lo que él llama las "desigualdades
de destino". Estas desigualdades son aquellas en las que el origen de una
persona —el barrio, la ciudad, la clase social, el origen étnico— definen su
destino y, por usar otra expresión a la que recurre el presidente, lo condenan
a un "arresto domiciliario" virtual.
Es ahí donde entra la
educación prescolar y el aprendizaje de los rudimentos de la escritura y la
lectura, el momento en que, quizá, puede romperse este destino ya escrito.
“Leer, escribir, contar y
respetar al otro", dijo Blanquer a EL PAÍS en abril de 2018. "Debemos
estar seguros de que, al terminar la escuela primaria, todos los alumnos posean
estas competencias básicas. Y pongo el acento en el lenguaje, porque es la
llave del resto: la primera desigualdad es la desigualdad ante el lenguaje".
Esta ley aprobada en Francia abre un nuevo camino para la Educación, cabe destacar que la última ampliación de la instrucción obligatoria se realizó en 1959. El hecho de que se amplíe la edad de escolarización a los 3 años de forma gratuita, desde mi punto de vista, permite asentar unas bases de desigualdad en los primeros años de la infancia.Esta ley busca que cuando los niños entren en la escolarización primaria no surjan problemas, por ejemplo, en el campo del vocabulario pues la clase social juega un papel muy relevante en estas situaciones. De ahí que el presidente Macron promueva, en la mayor medida que pueda, las que considera "desigualdades de destino" (aquellas en la que el origen de una persona, define su destino). Blanquer,titular de Educación francés, resalta la idea del lenguaje como llave del resto, pues la integración anterior en la pre-escolar constituirá la destrucción de este tipo de barreras de desigualdad, ya no solo entre clases sociales sino con familias inmigrantes.
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